Con las TIC, los jóvenes impulsan algunos cambios en la agricultura familiar

Traduccion del original

El trabajo familiar es un modo de trabajo muy común en la agricultura de muchos países, con mas de 500 millones de unidades productivas en el mundo entero, de acuerdo a la Organización para la Alimentación y la Agricultura de las Naciones Unidas (FAO), institución que en 2014 esta promocionando el año de la agricultura familiar.

Esta particular forma de hacer agricultura se caracteriza por emprendimientos gestionados por miembros de una familia, generalmente de escala pequeña o mediana, tanto en tamaño como en productividad.

Por mucho tiempo, muchos imaginaron a los productores agropecuarios y a los pobladores rurales como desconectados del “mundo moderno”. Este modo de pensar a los campesinos y la ruralidad concibe a las ciudades, en donde la modernidad ocurre, y el campo, marcado por el atraso, como dos espacios completamente opuestos.

En las ultimas décadas, algunas instituciones comenzaron a estudiar este escenario y descubrieron todo lo contrario. La globalización, la evolución de los mercados y el trabajo y los nuevos flujos poblacionales, entre muchos otros factores, ayudan a entender que lo rural y lo urbano son dos espacios que están más conectados de lo que mucha gente piensa.

Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) están jugando un rol clave en esta situación. Las nuevas generaciones de productores agropecuarios no sólo incorporan estas tecnologías a su actividad, cambiando incluso muchos de los modos tradicionales de hacer agricultura, sino que también conciben a estos dos “espacios” como complementarios. Los teléfonos móviles, en especial, se constituyen como una excelente plataforma para conectar la “rurbanidad”, un nuevo (y clave) concepto que ayuda a entender este tipo de espacios híbridos en donde la ciudad y el campo son parte de una misma realidad social.

La investigación que me encuentro desarrollando en Argentina, Estados Unidos y Europa, busca comprender mejor cómo las TIC están impactando en la agricultura familiar, focalizando en el rol que está jugando la juventud en un escenario complejo donde las transformaciones sociales están reconceptualizando las formas de hacer agricultura y redefiniendo trayectorias sociales, económicas y culturales de las sociedades en contextos híbridos.

Algunos hallazgos preliminares del trabajo realizado en el Estado de Washington (Estados Unidos) permiten comprender mejor el tipo de apropiaciones que se están observando en las practicas de la agricultura familiar. Por primer vez, los campesinos tienen la oportunidad de contar su propia historia a través de los medios sociales o la web, espacios creados y gestionados por ellos mismos. En consecuencia, las narrativas de la agricultura familiar se renuevan, toman nuevas formas y son re-imaginadas.

Los jóvenes son actores críticos en este proceso. A través de sus experiencias, podemos comprender mejor las transformaciones de la agricultura familiar, en tanto sus estilos de vida y decisiones están formateando la agricultura del futuro.

Mas información sobre este avance de investigación en el post original, publicado en la web del Technology & Social Change Group de la Universidad de Washington (incluye presentación con hallazgos preliminares de investigación):

http://tascha.uw.edu/2014/08/young-farmers-and-icts-new-research-from-tascha-visitor/

 

 

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Los dilemas del joven digital en el mundo real

Qué viven conectados. Qué todo lo solucionan con sus computadoras. Qué son proactivos, inteligentes, creativos. Qué su poder de indignación está cambiando el mundo. Qué están muy bien formados. La cosmovisión que el mundo adulto construye de las juventudes de hoy parece no estar coincidiendo con algunos aspectos de la realidad: las estadísticas de diversos países, de distintos continentes, están alertando sobre que el sistema económico mundial no está absorbiendo a los jóvenes tal como se esperaba ¿Un problema que no se quiere ver? ¿Una nueva burbuja que estalla?

Libros, ensayos y artículos recientes imaginan la inserción de las generaciones más jóvenes al mundo económico. Muchos, con discursos optimistas, intentan describir los principales desafíos para organizaciones con distintos fines. Casi todos, dan por hecho la inyección de vitalidad, creatividad, pragmatismo y dinamismo a las empresas e instituciones, mucho de lo cual se lo atribuyen al know how digital que los chicos llevan impreso en su ADN. Los jóvenes de la Generación Z (nacidos a principios del siglo XXI) “serán los primeros que habrán jugado en su infancia con dispositivos tecnológicos como el iPad y los smartphones, que pertenecen al mundo del trabajo. Así, los jóvenes Z tendrán ya una ventaja de capacitación y entrenamiento que anteriores generaciones”, dice Alejandro Mascó, socio de Oxford Partners.

Pero este mensaje optimista (que muchas veces contiene argumentos válidos) se fragiliza hoy ante la dura realidad. Lejos de los buenos pronósticos y los casos exitosos de jóvenes que en sus garages han sembrado la semilla de corporaciones multimillonarias, se encuentran miles de jóvenes que no han corrido con la misma suerte. La crisis económica desatada en 2007 ha afectado especialmente a los más jóvenes: según datos de la OIT el desempleo golpea en 2013 al 12,6% de la población juvenil mundial, llegando casi al 30% en oeste medio y al 18% en Europa; Asia ostenta los índices más bajos, en torno al 9%; Latinoamérica se acerca al 14%. La situación está lejos de mejorarPara todas las regiones, la OIT proyecta un incremento en 2017 del número de desempleo joven.

En Argentina, muchos jóvenes comienzan por internet, que es donde más seguros se sienten: cargan sus interesantes currículums vitae en la web, realizan entrevistas virtuales, aprovechan la fuerza de las redes sociales para sinergizar su perfil, tienen las condiciones, pero así mismo pasan meses sin conseguir el tan ansiado empleo. “Se sienten descorazonados por las respuestas que en cada entrevista a la que van. Para los jóvenes, el desempleo es un motivo de angustia y no le encuentran salida. Los jóvenes que buscan trabajo dicen que se encuentran ante un mercado que los rechaza”, relata un informe del suplemento iECO del diario Clarín.

Europa es quizás el lugar del planeta en dónde más debate se está dando en torno al problema del desempleo juvenil.  Una cuarta parte de los jóvenes entre 18 y 25 años en Amberes (Bélgica) está desempleada, un índice que era del 19% en 2008. En algunas partes de Bruselas, la rica capital de la Unión Europea (UE), el desempleo juvenil llega al 40%. En Francia, Gran Bretaña y Suecia, uno de cada cinco jóvenes está ahora sin empleo.  En España, donde el desempleo juvenil trepa al 50%, miles de jóvenes con Maestrías y Doctorados, entre otros títulos de alta cualificación, han iniciado un éxodo que los lleva a buscar trabajo en otros países más estables como Alemania, aunque también los empuja a buscar suerte en economías emergentes.

El problema de hoy puede tener un gran impacto en la Europa del futuro, revela un informe de La Nación. El Banco Mundial estima que la fuerza de trabajo del continente se reducirá en 50 millones de personas en los próximos 50 años. Se necesitarán nuevos trabajadores capacitados y con experiencia para mantener a una población envejecida. “La gente joven está siendo marginada, y eso conlleva enormes consecuencias económicas”, dijo Francis Robert, un experto en empleo en Bruselas.

En Italia, uno de los países más afectados por la crisis, el sector empresario ha advertido a través de una carta pública a los comisarios económicos de la UE que sin mayor trabajo para los jóvenes crecerá la rebelión popular. Y es que allí casi el 40% de los jóvenes entre 19 y 25 años no tiene trabajo. Y quien lo consigue tampoco está en una situación ejemplar: la paga media en Italia a las personas de este rango de edad no supera los 1.100 euros, 31% menos que la de un trabajador adulto.

Estados Unidos también siente el impacto de un problema que se globaliza. “En este país se espera que cada generación le vaya mejor que a la anterior. Ya no es así”, concluyó la investigadora Caroline Ratcliffe. Su análisis es a la luz de un informe que revela que los jóvenes norteamericanos están creando menos riqueza que sus padres.

La investigación, encargada por el Urban Institute, una institución de análisis sin fines de lucro de Washington, muestra cómo una suerte de tormenta perfecta de tendencias económicas golpea a los trabajadores jóvenes. Una es el derrumbe de la burbuja inmobiliaria; otra es el incremento de la deuda por préstamos de estudio, que ha seguido creciendo durante la recesión; y por último, los trabajadores jóvenes enfrentan un mercado laboral brutal desde hace cinco años, en donde casi el 8% de las personas de entre 25 y 34 años no tiene trabajo, un 3% más que el promedio.

“Un amplio espectro de factores económicos conspira para impedir la generación de riqueza de los trabajadores más jóvenes del país, que se encuentran ante sueldos estancados, además de enfrentar un derrumbe inmobiliario y una creciente deuda por créditos de estudio”, analiza Annie Lowrey en el New York Times. Pearl Brady, por ejemplo, gana unos 1.800 dólares por mes, pero paga parte de sus estudios de grado y posgrado con créditos que hasta ahora le cuestan alrededor de 400 dólares mensuales (el 22% de su paga). Esto lleva a que muchos jóvenes como ella, en Estados Unidos y en muchas partes del mundo, tengan que vivir en la casa de sus padres, ya que lo que ganan no alcanza para costear la emancipación.

La precarización laboral es otro flagelo que atenta contra la inserción de los jóvenes al mercado laboral. “Los que tienen veintitantos años están aprendiendo que largas jornadas y bajos sueldos caracterizan el inicio de una carrera en los campos creativos. La recesión en los Estados Unidos hace difícil conseguir un primer empleo, donde centenares de aspirantes compiten por pasantías no rentadas en las que se espera que estén a disposición, teléfono inteligente en mano, para twitear y representar a la compañía a todas horas”, comenta Teddy Wayne en el New York Times.

Según un informe de Pew, el promedio del patrimonio neto de menores de 35 años retrocedió el 68% entre 1984 y 2009, llegando a los 3.662 dólares. Esto contrasta con el aumento del 42% en el mismo periodo que registró el patrimonio de los mayores de 65 años.

Uno de los factores críticos en esta situación, según Wayne, es la prolongación de condiciones de trabajo que fueron concebidas en sus inicios como transitorias, pero que ya no lo son. “Las pasantías fueron alguna vez un compromiso a corto plazo, pero se han convertido en un rito de iniciación que suele prolongarse años”, concluye Teddy Wayne.

¿Hay lugar para el joven en el mundo laboral actual? ¿Es sólo un problema de coyuntura macroeconómica o el mundo adulto no está listo aún para dejar ingresar al mercado a las nuevas generaciones? ¿Condicionará esta situación el tan comentado impulso creativo juvenil? Preguntas a las que brevemente habrá que encontrar respuestas, o al menos confrontar con propuestas reales.

Con internet, es hora de replantear el horario de oficina

Internet ha cambiado muchas cosas, pero no todas. Algunas prácticas culturales, sociales y un largo etcétera se han acomodado a los tiempos digitales; otras simplemente permanecen estancas, impermeables a los cambios. Las extensas jornadas laborales que cientos de miles de trabajadores desarrollan en las oficinas ya no garantizan productividad. Y si bien internet y el teletrabajo podrían aportar una gran solución a este problema, la mayoría de las compañías miran hacia otro lado. Se aferran a las tecnologías, pero no tanto. No se atreven a dar el salto. En palabras de Gramsci (1996): se podría decir que son tiempos con preeminencias tecnológicas, donde lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer (Lardone, 2013).

Hace unos 2.500 años, el sabio chino Lao Tse escribió que “aquel que se aferra al trabajo no creará nada perdurable. Si quieres vivir según el Tao, limítate a hacer tu trabajo y después olvídate”. Pero es más fácil decirlo que hacerlo. En la antigua China no había internet ni actualizaciones instantáneas del mercado bursátil, dice Peter Catapano en un artículo de opinión publicado este año en el New York Times.

Recientes descubrimientos indican que la forma más eficiente de hacer las cosas podría ser dedicar más tiempo a hacer menos. “Un nuevo y creciente cuerpo de investigación multidisciplinaria indica que la renovación estratégica -que comprende ejercicio diurno, breves siestas por la tarde, más horas de sueño, más tiempo fuera de la oficina y vacaciones más largas y frecuentes- mejora la productividad, el desempeño laboral y, por supuesto, la salud, escribió en el NYTimes Tony Schwartz, un consultor de manejo del tiempo.

Los imperios se construyeron sobre la base de “más es más”. Schwartz y muchos otros -describe Catapano- no están de acuerdo con esto. Destaca que el exceso de trabajo, que suele derivar en muy poco sueño, no sólo afecta a los empleados sino también a las empresas en las que trabajan. Un reciente estudio de la Universidad de Harvard calculó que la falta de sueño de los empleados costaba a las empresas estadounidenses 63.200 millones de dólares por año en productividad perdida.

Otro trabajo determinó que las siestas aumentaban la productividad. En tanto una investigación de la Universidad del Estado de la Florida, encontró que quienes tenían un mejor desempeño -músicos, atletas y actores de elite- tendían a trabajar mejor en intervalos de noventa minutos, rara vez más de tres veces por día, con pausas regulares. En esta sintonía, la jornada laboral de doce horas ininterrumpidas no aparece como una opción razonable.

Estos resultados hablan a las claras de la necesidad de replantear los horarios laborales teniendo a disposición tantos aplicativos y tecnologías que permiten realizar lo mismo (y hasta mejor) sin necesidad de encerrarnos ocho, diez y hasta doce horas en un cuadrilatero de vidrio, cables, papeles, personas y pantallas. Internet como herramienta de teletrabajo no es un tema que haya modificado sustantivamente la vida corporativa, al menos en su dinámica interna.

Muchas compañías dicen estar a la vanguardia en materia de recursos humanos, otras ostentan los mejores espacios para trabajar, pero casi ninguna se atreve al gran salto que significa descentralizar y redefinir el trabajo presencial. La contradicción más grande es que compañías del mercado digital estén alimentando esta tendencia, tal el caso de Yahoo! Su flamante CEO de 37 años, Marissa Mayer, decidió eliminar el teletrabajo porque para ella es mejor trabajar cara a cara. “No creo que el agotamiento ocurra por la falta de sueño o por no hacer suficientes comidas adecuadas. Creo que el agotamiento proviene del resentimiento (?!). Es posible que trabajes demasiado, pero tiene que descubrir qué es lo que necesitas realmente para mantenerte activo, con energía, para no volverte resentido”, explicó.

“La libertad de trabajar fuera de una oficina fue una de las razones principales por las que dejé el mundo corporativo, hace ocho años (…) La idea de que todos los empleados deben permanecer sentados en el mismo lugar ocho horas al día, cinco días a la semana, me parecía ineficiente. Sabía que alcanzaba mi nivel máximo de productividad en ciertos momentos”, dijo Prerna Gupta al NYTimes.

La idea de que todo empleado debe estar en una oficina cinco días por semana se remonta a una época en la que los trabajadores no contaban con las herramientas adecuadas para trabajar desde su casa. Pero hoy en día, vivimos en un mundo muy diferente. Gupta está convencida de que en el mundo actual, en el que estamos constantemente conectados, la oficina debe ser reconcebida como un lugar de reunión para comunicar ideas y reforzar los vínculos personales.

En su empresa (Kush – comprada luego por Smule) los empleados van a la oficina tres días a la semana, durante cinco horas al día, más o menos a partir del mediodía. Todo el resto del trabajo lo hacen desde su casa, un café, una plaza, o cualquier otro sitio donde exista una conexión a internet.

Y añade: “a los empleados se les debe dar el respeto y la responsabilidad de administrar sus propios horarios y completar su trabajo en su propio tiempo (…) Las personas inteligentes siguen teniendo un mejor desempeño cuando pueden escoger cuándo y dónde trabajan (…) Las compañías deben desarrollar estrategias para eliminar los obstáculos restantes para trabajar desde casa”.

 

 

El desafío de enseñar en tiempos de “San Internet”

Docentes de todos los niveles se han declarado en crisis: nunca antes han tenido tantos recursos para enseñar, tantas opciones de capacitación y actualización a su disposición y, sin embargo, nunca como ahora han tenido tantas dificultades para “conectar” con sus alumnos. Los profesores admiten que hoy su rol no está del todo claro y que tienen problemas para motivar a los chicos que confían más en Google y Wikipedia que en el ser humano que tienen delante a diario.

“No debe haber hoy trabajo más difícil que ser profesor y, al mismo tiempo, cada vez pagamos menos a los docentes y deterioramos sus condiciones de trabajo”, dijo Juan Carlos Tedesco, profesor e investigador de la Universidad General San Martín y ex ministro de Educación de la Nación, a un diario porteño, en una entrevista reciente.

Uno de los motivos que dificultan la tarea docente hoy – añade Jason Beech en un artículo publicado este año en La Nación – es la falta generalizada de certezas sobre qué es lo que se debe enseñar y qué es lo que se espera que sepa un joven.

“Cuando yo enseñaba, lo que decía el maestro era sagrado”, recuerda Marta Ochoa, una maestra del siglo pasado que este año cumplió 82. La experiencia de Marisa, su hija, de 48,  docente de música de cuarto a séptimo grado de primaria y profesora de estética y artes combinadas en el secundario, es muy diferente. “En un mismo grupo podés tener chicos cuyos padres esperan que su hijo aprenda lo mínimo y vienen y te dicen: “No le jodas la vida”, y otros que quieren que aprenda un montón de cosas”.

Para Jason Beech, director de la Escuela de Educación de la Universidad San Andrés, el desafío es pedagógico. “Hasta hace poco se usaban recursos puramente demostrativos. Se leían los datos de un libro de texto y se veían fotos. El niño era sujeto pasivo. Hoy se ve al niño como sujeto activo y se espera más una pedagogía centrada en el hacer; es decir, que se plantea que el chico piense, reflexione, vincule”.

Así lo entiende también Cecilia, la nieta de Marta Ochoa. “Hace algunos años di clases de geografía a un chico y estudiábamos con una página de internet con mapas interactivos. Es mucho más atractivo y menos aburrido”, dijo.

Con 17 años de experiencia docente, su madre, Marisa, comenta: “los niños ahora tienen la concepción de que antes que el maestro está San Internet. Si yo lo digo es cuestionable, pero si lo leyó en Wikipedia no lo dudan”.

El resultado frecuente: chicos aburridos y docentes frustrados. La naturalización de este problema alarma. Un estudio difundido por Poliarquía en octubre de 2012 revela que sólo el 11% de los sub-18 considera a la educación como un problema que afecte a los jóvenes.

La característica distintiva de esta generación sub-18 – dice el informe de La Nación – es estar atravesada por la tecnología. A esa conclusión llega el estudio de Poliarquía sobre los hábitos, actitudes y valores de los jóvenes encuestados (63% del Gran Buenos Aires y 37% de Capital Federal). Es que las horas frente a una pantalla de televisión quedaron superadas por las que pasan frente a las pantallas de una computadora, de una netbook o de un celular con conexión a internet.

“Algo distingue a los actuales adolescentes de las generaciones pasadas. No se trata del tiempo que le dedican y la pasión que tienen por la música, ni de su relación con las drogas y el alcohol. Lo que los hace diferentes es que Internet es un eje central de sus vidas” – opina Alejandro Catterberg -, una realidad que hasta suele ser mal vista y castigada por los docentes de generaciones anteriores.

El desafío pasa entonces por cómo integrar efectivamente el mundo digital al aula. Una tarea que muchos ensayan erróneamente de la mano de Power Point: las diapositivas por sí solas no solucionarán nada si se piensan con la misma lógica que una de esas clases que aburren a los chicos. Las TIC deben encuadrarse como real valor agregado y facilitar el aprendizaje; no vale decir lo mismo pero con espejitos de colores.

¿Subyace aquí un mero problema de conexión entre alumnos y docentes? Problemas de comunicación entre generaciones? O estamos hablando de mucho más que eso? Para Guillermina Tiramonti, coordinadora académica y profesora de la Maestría en Ciencias Sociales de FLACSO, “no hay aprendizaje posible si no se construye un vínculo con el alumno de respeto y de generosidad para enseñar. Hay chicos difíciles, pero también hay muchos más que esperan aprender y a un docente con voluntad de enseñarles”.

La memoria en tiempos de Google

Con la masificación de internet y la telefonía móvil, la cotidianidad se ha visto radicalmente modificada en los últimos años.

Incluso se habla de hasta efectos sobre el funcionamiento del cerebro humano: un estudio publicado en la revista Science, a mediados de 2011, sugiere que cuando las personas confían en tener acceso a la información tienen menor recuerdo de los datos pero mayor de la fuente de información, lo cual posiciona a internet como una fuente primaria de memoria externa.

“Este alejamiento de la memoriazación en última instancia puede ayudar a la gente a mejorar su comprensión, porque la memoria es mucho más que la memorización y el Efecto Google nos permite liberar más espacio en nuestros cerebros para orientarlos más al procesamiento de información”, opina Tracy Alloway, de la Universidad de Stirling, en Escocia, entrevistado por el diario La Nación.

El artículo presentado en Science pertenece a Betsy Sparrow, Jenny Liu y Daniel M. Wegner y lleva por título “Google Effects on Memory: Cognitive Consequences of Having Information at Our Fingertips” (Revista Science N°5, Vol. 333 no. 6043 pp. 776-778, agosto de 2011).

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