La economía digital y la emergencia de una cuarta revolución industrial

Cada medio siglo, la economía mundial es transformada por una revolución tecnológica, dice Schumpeter. Cada una de estas revoluciones combina nuevas tecnologías multipropósito, una red de infraestructura que extiende y acelera el comercio y las comunicaciones, y un nuevo paradigma de óptima práctica organizativa y de innovación

Varios analistas coinciden en apuntar que en la actualidad estamos dejando atrás la revolución de la producción en masa, también llamada fordista o del automóvil , y entrando de lleno en la revolución de las llamadas TIC, las tecnologías de la información y la comunicación.

El paradigma fordista estaba basado en la energía barata para el transporte, la electricidad y los materiales sintéticos; mientras que el actual paradigma de las TIC se basa en la información, las telecomunicaciones y la microelectrónica a bajo costo, más allá de los cambios políticos, económicos, sociales y culturales, que al mismo tiempo vienen impulsando en diversas esferas de la vida y la actividad humana.

Académicos y empresarios globales marcan el inicio de la Industria 4.0, una especie de Cuarta Revolución Industrial, que se ve potenciada por las tecnologías digitales. Este año, en diversos foros mundiales, sobre todo en el Davos, empresas e industrias líderes coincidieron en que se aproxima una nueva gran ola de innovaciones que profundizarán más aún la digitalización del comercio, la industria y la producción.

Al desarrollo de la digitalización y la generalización de la TIC se unen ahora la producción y la conectividad de red, haciendo posible las fábricas “inteligentes”, donde las máquinas se comunican entre sí. Las empresas pueden adaptar productos y servicios individuales para los clientes en cualquier parte del mundo y los clientes, ajustar la configuración de fábrica para crear sus propios productos, publica en su web Expense Reduction Analyst.

Uno de los fundadores del World Economic Forum, Klaus Schwab, ha publicado recientemente el libro “The Fourth Industrial Revolution” (2016, WEF). A propósito de esta publicación, un editor del Financial Times concluye que bajo el paradigma de lo digital las relaciones históricas entre oferta y demanda mutan tanto como los modelos de negocio se reconvierten cuantas veces sea necesario para ajustarse a la nueva economía digital de las relaciones. Ya no es necesario poseer el gran capital para garantizar el éxito; una (excelente) idea basta.

“New technologies are hitting both the supply and the demand side of business, meaning it is often far better to own a platform that brings consumers together than the underlying asset. Citing an article on the TechCrunch website, he notes that Uber, the world’s largest taxi company, owns no vehicles; Facebook, the most popular media owner, creates no content; Alibaba, the most valuable retailer, has no inventory; and Airbnb, the largest accommodation provider, owns no property” (John Thornhill, Financial Times, 2016).

Detrás de esta agitada revolución se esconde el apogeo de la internet de las cosas, un concepto acuñado por Kevin Ashton del MIT a finales del siglo pasado que se refiere a la interconexión digital de objetos cotidianos con internet. En efecto, bajo este paraguas el mundo interconectado está creciendo exponencialmente y podría llegar a los 25.000 millones de dispositivos conectados en el año 2020, según las proyecciones de Gartner.

En su reciente visita a la Argentina, Manuel Castells, el académico más citado del mundo en torno a las TIC, no pasó por alto la actual encrucijada entre humanidad, modelos de desarrollo y tecnologías:

En  1991, había 16 millones de abonados de teléfonos móviles en el mundo; actualmente hay 7.000 millones. En Argentina, la tasa de penetración de celulares en este momento es de 140 por ciento, es decir, existen más números de teléfonos móviles que personas. Y la mayoría de esos aparatos son inteligentes, son computadoras en la mano. Estamos en la fase de la interconexión total de la población humana: hay 3.500 millones de personas conectadas a las redes sociales (…) Estamos entrando en una nueva etapa, a la que llamo Internet de las cosas, en la que todos los objetos que nos rodean estarán gradualmente conectados entre sí, por lo tanto, la interconexión de la sociedad humana se completó y está comenzando la conexión de los objetos con los que convivimos. (Manuel Castells, UNC, 2016)

El panorama optimista se presenta (y se extiende) aún cuando hoy casi el 60% de la población mundial sigue sin acceder a internet; o incluso aún cuando ni el sector público ni el privado terminan de resolver efectivamente y coordinadamente la integración urbano – rural en la infraestructura de datos.

Sucede que hablar de TIC está de moda: primero fue los círculos de las ciencias humanas y sociales; y más recientemente el tema se hace cada vez omnipreste al momento de discutir desde procesos productivos hasta los modelos de desarrollo.

Lo cierto es que el avance hacia tecnologías como éstas se produce a espaldas de muchos de sus beneficios: desde su bajo impacto ambiental hasta las posibilidades que se abren para la automatización de procesos.

Y está comprobado que la aplicación de TIC resulta no sólo en grandes industrias como las que participan en Davos; también en todo tipo de escalas productivas. En el ámbito agropecuario, puntualmente, investigaciones del INTA a nivel provincial y regional dan cuenta que las TIC vienen configurado nuevas experiencias en empresas familiares, transformando no sólo ciertas prácticas de producción sino también modos de comunicación, gestión y organización en explotaciones de diversas escalas.

También es cierto -y es necesario saberlo – que no toda introducción de TIC es necesariamente positiva, es decir, resulta en una buena experiencia. En la última conferencia que ofreció en Buenos Aires, Manuel Castells hizo referencia a un estudio del MIT que – sobre la base de 800 casos de empresas – determinó que las TIC sólo producen mejoras en organizaciones flexibles con modelos de gestión horizontal; en las estructuras verticalistas y rígidas, las tecnologías empeoran más aún el panorama y profundizan la burocratización de los procesos. Es decir, con la tecnología y los recursos disponibles no alcanza del todo; la adaptación organizacional, la visión y la apertura, entre muchos otros factores, también tienen un peso decisivo.

¿Son las TIC una solución para muchos de nuestros problemas productivos o económicos cotidianos?¿Todos los cambios que experimentamos cotidianamente son lo suficientemente profundos como para pensar que el mundo ha cambiado a partir de las TIC, que la economía ya no volverá a ser la misma sin estos dispositivos y aplicativos?

Creo en este sentido que el debate debe avanzar hacia un segundo (tercer o cuarto) nivel: poner en foco el aporte real y concreto que estas tecnologías pueden aportar a nuestro mundo, a nuestras sociedades, no sólo para que nuestra vida sea más fácil y cómoda, sino para progresar hacia sistemas de producción, consumo y distribución más innovadores y eficientes, pero al mismo tiempo inclusivos y ambientalmente responsables.-

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Davos y la transformación digital: ¿fábula, sueño de un futuro probable o realidad?

A propósito de la cumbre en Davos, uno de los temas de la agenda de este año en el World Economic Forum (WEF) es el futuro de internet. ¿Internet tiene el potencial suficiente para beneficiar a la raza humana? ¿La transformación digital es tal o sólo un buen cuento para irse a dormir más tranquilos y esperanzados? ¿Todos los cambios que experimentamos cotidianamente son lo suficientemente profundos como para pensar que el mundo ha cambiado a partir de las TIC, que la economía ya no volverá a ser la misma sin estos dispositivos y aplicativos? En definitiva: internet ¿fábula, sueño de un futuro probable o realidad? Cómo si tuviera que dar una respuesta rápida a mi pequeña hija, les diría que sí a las tres opciones (simultáneamente).

Que las tecnologías han introducido cambios, no es ninguna novedad. Ahora, la duda es cuán generalizadas y profundas son las transformaciones derivadas de una tecnología que tiene ya varias décadas de vida.

Si le peguntamos a las organizaciones globales, aparecen las respuestas más alentadoras. Un reporte reciente del WEF sostiene que internet no sólo ha cambiado la forma de vivir y trabajar, sino que también ha modificado para siempre la forma de producir y consumir.

“The internet is changing the way we live, work, produce and consume. With such extensive reach, digital technologies cannot help but disrupt many of our existing models of business and government.” (WEF, 2016)

El Foro de Davos ha construido una agenda con cinco puntos clave (acertados) a los que deberíamos prestar atención cuando planteamos la relación entre internet, desarrollo y sociedad: la gobernanza digital, el cyber-crimen, el acceso a la red de todos los seres humanos, el mejoramiento de la información disponible para una optimización de la toma de decisiones y la transformación digital de las industrias. Cinco puntos que sin duda son los grandes desafíos aún pendientes de resolver por los distintos actores involucrados: no sólo los gobiernos, sino también las empresas, el tercer sector y la población civil.

“As a society, we are entering uncharted territory – a new world in which governments, business leaders, the scientific community and citizens need to work together to define the paths that direct these technologies at improving the human condition and minimizing the risks”. Marc Benioff – “The digital transformation of industries” Panel (WEF, 2016)

Los empresarios globales insisten en que asistimos a una Cuarta Revolución Industrial de la mano de las tecnologías digitales. Los ejecutivos reunidos en Davos coincidieron en que se aproxima una nueva gran ola de innovaciones que profundizarán más aún la digitalización del comercio, la industria y la producción. En esta etapa (como en muchas otras encrucijadas que suele plantear la globalización) no habrá mucha opción o salidas alternativas como se venían planteando hasta ahora: no subirse al tren de la automatización y la digitalización tendrá drásticas consecuencias para todo tipo de compañías, advierten los expertos.
Este año el interés de muchos empresarios y gobiernos fue debatir en concreto cuáles son los desafíos del sector productivo ante un mundo que cada vez será más digital. En el panel “The digital transformation of industries“, se habló de siete tecnologías clave para responder a esta incógnita: el computing en su más amplio espectro, el célebre big data, la salud digital, las impresiones 3D, los sensores y la automatización digital, las cadenas de producción interconectadas y los artículos cotidianos conectados a internet (la vestimenta es la gran novedad).
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Imagen: World Economic Forum (2016)

“From intelligent robots and self-driving cars to gene editing and 3D printing, dramatic technological change is happening at lightning speed all around us. The Fourth Industrial Revolution is being driven by a staggering range of new technologies that are blurring the boundaries between people, the internet and the physical world. It’s a convergence of the digital, physical and biological spheres. It’s a transformation in the way we live, work and relate to one another in the coming years, affecting entire industries and economies, and even challenging our notion of what it means to be human.” –Fulvia Montresor, Director, Head of Technology Pioneers for the World Economic Forum (WEF, 2016)

Como contraparte, hay que pensar en que millones de personas siguen aún sin acceso a la red, y ese es el gran desafío de quienes quieren impulsar una real digitalización de las sociedades. No es que quiera negar los beneficios que las TIC han desplegado en distintos niveles de la vida humana, sino que invito a tener una mirada que vaya más allá de las comodidades, los beneficios, los mercados y utilidades que posibilitan las tecnologías hoy, integrando los grandes y complejos desafíos aún pendientes.

Como alguna vez advirtió Dominique Wolton, la digitalización aumenta, cambian ciertas prácticas, pero los grandes problemas de la humanidad subsisten, con las guerras y sus muertos inocentes, el daño ambiental en crecimiento permanente, millones de pobres repartidos en todas las latitudes, corrupción latente y un sinfín de desigualdades más. ¿Qué ha aportado internet y sus maravillas para cambiar estos problemas de fondo? Si enfocamos la mirada hacia este rincón, pues los cambios de la “revolución digital” no han sido tan revolucionarios.

Igualmente, algunos avances se van notando: cifras reveladas el año pasado por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) muestran que la penetración de internet a nivel global creció siete veces en los últimos quince años. La cobertura de internet móvil es la que más rápido se está propagando, menciona el informe: el 3G pasó del 45% de cobertura en 2011 al 69% en 2015.

Es innegable también el avance en sectores como el de la salud, donde la transformación digital “es dramática”, advirtió Bernard Tyson en Davos, pues ahorra preciados minutos y segundos que ayudan a salvar vidas (en serio): desde la atención temprana de urgencias médicas vía Twitter (una experiencia que lleva a cabo con gran éxito la Universidad Católica de Chile) hasta la nanomedicina que permite encontrar soluciones nunca antes vistas.

En sectores marginados de la economía formal, las TIC están aportando algunas soluciones interesantes. Un estudio reciente realizado en México, que coincide parcialmente con otros desarrollados en Barcelona, Londres y Madrid, analiza cómo los jóvenes emprendedores culturales encuentran en el arte, el diseño y la comunicación una salida no tradicional a los mercados que tienden a excluirlos o tomarlos en precarias condiciones. Los llamados trendsetter hábiles para combinar el capitalismo conectivo y la incertidumbre, se destacan por sus modos novedosos de desplazarse del consumo al acceso, de la realización de carreras a proyectos inestables.

Algunos especialistas inscriben este fenómeno en el marco de la irrupción de una “economía creativa”, que en Estados Unidos y Europa llega a contener al 25% o 30% de la fuerza laboral (García Canclini y Urteaga, 2012). La mutación es comparada con la que se vivió al pasar de una economía agrícola a una industrial, sobre la base de una transformación que algunos pensadores contemporáneos asocian a la inteligencia del conocimiento y la creatividad.

La otra cara de estos cambios repercute en la economía tradicional. Un ejemplo simple que lo he podido observar en mi contexto local, cotidiano. En San Luis, centro-oeste de la Argentina, las ventas navideñas no fueron las esperadas. Una amiga que trabajaba desde hace diez años en una de las cadenas líderes de venta de electrodomésticos con presencia en la capital de la Provincia se quedó sin trabajo este fin de año: la marca nacional en cuestión le ofreció un nuevo contrato que en su bolsillo repercutía drásticamente, significando hasta el 50% menos de lo que habitualmente ganaba con sus comisiones por ventas. El motivo: las ventas de la cadena se realizan en su mayoría por internet y la empresa necesita reconvertir su negocio reduciendo el personal de las tiendas físicas que en esta Navidad vendieron hasta un 30% menos que el año pasado, según pudo constatar personalmente en el balance temporario del local.

Tensiones como las que se plantearon en esta tienda de una ciudad de 200 mil habitantes, sumado a lo debatido hasta hoy en Davos, me hacen terminar esta reflexión con la sensación (y preocupación) de que en las próximas horas, meses, años la transición del sistema tradicional al digital, el tránsito hacia la digitalización plena de la economía y la producción se acelerará severamente dejando nuevos desplazados. Cueste lo que cueste.

 

Con las TIC, los jóvenes impulsan algunos cambios en la agricultura familiar

Traduccion del original

El trabajo familiar es un modo de trabajo muy común en la agricultura de muchos países, con mas de 500 millones de unidades productivas en el mundo entero, de acuerdo a la Organización para la Alimentación y la Agricultura de las Naciones Unidas (FAO), institución que en 2014 esta promocionando el año de la agricultura familiar.

Esta particular forma de hacer agricultura se caracteriza por emprendimientos gestionados por miembros de una familia, generalmente de escala pequeña o mediana, tanto en tamaño como en productividad.

Por mucho tiempo, muchos imaginaron a los productores agropecuarios y a los pobladores rurales como desconectados del “mundo moderno”. Este modo de pensar a los campesinos y la ruralidad concibe a las ciudades, en donde la modernidad ocurre, y el campo, marcado por el atraso, como dos espacios completamente opuestos.

En las ultimas décadas, algunas instituciones comenzaron a estudiar este escenario y descubrieron todo lo contrario. La globalización, la evolución de los mercados y el trabajo y los nuevos flujos poblacionales, entre muchos otros factores, ayudan a entender que lo rural y lo urbano son dos espacios que están más conectados de lo que mucha gente piensa.

Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) están jugando un rol clave en esta situación. Las nuevas generaciones de productores agropecuarios no sólo incorporan estas tecnologías a su actividad, cambiando incluso muchos de los modos tradicionales de hacer agricultura, sino que también conciben a estos dos “espacios” como complementarios. Los teléfonos móviles, en especial, se constituyen como una excelente plataforma para conectar la “rurbanidad”, un nuevo (y clave) concepto que ayuda a entender este tipo de espacios híbridos en donde la ciudad y el campo son parte de una misma realidad social.

La investigación que me encuentro desarrollando en Argentina, Estados Unidos y Europa, busca comprender mejor cómo las TIC están impactando en la agricultura familiar, focalizando en el rol que está jugando la juventud en un escenario complejo donde las transformaciones sociales están reconceptualizando las formas de hacer agricultura y redefiniendo trayectorias sociales, económicas y culturales de las sociedades en contextos híbridos.

Algunos hallazgos preliminares del trabajo realizado en el Estado de Washington (Estados Unidos) permiten comprender mejor el tipo de apropiaciones que se están observando en las practicas de la agricultura familiar. Por primer vez, los campesinos tienen la oportunidad de contar su propia historia a través de los medios sociales o la web, espacios creados y gestionados por ellos mismos. En consecuencia, las narrativas de la agricultura familiar se renuevan, toman nuevas formas y son re-imaginadas.

Los jóvenes son actores críticos en este proceso. A través de sus experiencias, podemos comprender mejor las transformaciones de la agricultura familiar, en tanto sus estilos de vida y decisiones están formateando la agricultura del futuro.

Mas información sobre este avance de investigación en el post original, publicado en la web del Technology & Social Change Group de la Universidad de Washington (incluye presentación con hallazgos preliminares de investigación):

http://tascha.uw.edu/2014/08/young-farmers-and-icts-new-research-from-tascha-visitor/

 

 

Los dilemas del joven digital en el mundo real

Qué viven conectados. Qué todo lo solucionan con sus computadoras. Qué son proactivos, inteligentes, creativos. Qué su poder de indignación está cambiando el mundo. Qué están muy bien formados. La cosmovisión que el mundo adulto construye de las juventudes de hoy parece no estar coincidiendo con algunos aspectos de la realidad: las estadísticas de diversos países, de distintos continentes, están alertando sobre que el sistema económico mundial no está absorbiendo a los jóvenes tal como se esperaba ¿Un problema que no se quiere ver? ¿Una nueva burbuja que estalla?

Libros, ensayos y artículos recientes imaginan la inserción de las generaciones más jóvenes al mundo económico. Muchos, con discursos optimistas, intentan describir los principales desafíos para organizaciones con distintos fines. Casi todos, dan por hecho la inyección de vitalidad, creatividad, pragmatismo y dinamismo a las empresas e instituciones, mucho de lo cual se lo atribuyen al know how digital que los chicos llevan impreso en su ADN. Los jóvenes de la Generación Z (nacidos a principios del siglo XXI) “serán los primeros que habrán jugado en su infancia con dispositivos tecnológicos como el iPad y los smartphones, que pertenecen al mundo del trabajo. Así, los jóvenes Z tendrán ya una ventaja de capacitación y entrenamiento que anteriores generaciones”, dice Alejandro Mascó, socio de Oxford Partners.

Pero este mensaje optimista (que muchas veces contiene argumentos válidos) se fragiliza hoy ante la dura realidad. Lejos de los buenos pronósticos y los casos exitosos de jóvenes que en sus garages han sembrado la semilla de corporaciones multimillonarias, se encuentran miles de jóvenes que no han corrido con la misma suerte. La crisis económica desatada en 2007 ha afectado especialmente a los más jóvenes: según datos de la OIT el desempleo golpea en 2013 al 12,6% de la población juvenil mundial, llegando casi al 30% en oeste medio y al 18% en Europa; Asia ostenta los índices más bajos, en torno al 9%; Latinoamérica se acerca al 14%. La situación está lejos de mejorarPara todas las regiones, la OIT proyecta un incremento en 2017 del número de desempleo joven.

En Argentina, muchos jóvenes comienzan por internet, que es donde más seguros se sienten: cargan sus interesantes currículums vitae en la web, realizan entrevistas virtuales, aprovechan la fuerza de las redes sociales para sinergizar su perfil, tienen las condiciones, pero así mismo pasan meses sin conseguir el tan ansiado empleo. “Se sienten descorazonados por las respuestas que en cada entrevista a la que van. Para los jóvenes, el desempleo es un motivo de angustia y no le encuentran salida. Los jóvenes que buscan trabajo dicen que se encuentran ante un mercado que los rechaza”, relata un informe del suplemento iECO del diario Clarín.

Europa es quizás el lugar del planeta en dónde más debate se está dando en torno al problema del desempleo juvenil.  Una cuarta parte de los jóvenes entre 18 y 25 años en Amberes (Bélgica) está desempleada, un índice que era del 19% en 2008. En algunas partes de Bruselas, la rica capital de la Unión Europea (UE), el desempleo juvenil llega al 40%. En Francia, Gran Bretaña y Suecia, uno de cada cinco jóvenes está ahora sin empleo.  En España, donde el desempleo juvenil trepa al 50%, miles de jóvenes con Maestrías y Doctorados, entre otros títulos de alta cualificación, han iniciado un éxodo que los lleva a buscar trabajo en otros países más estables como Alemania, aunque también los empuja a buscar suerte en economías emergentes.

El problema de hoy puede tener un gran impacto en la Europa del futuro, revela un informe de La Nación. El Banco Mundial estima que la fuerza de trabajo del continente se reducirá en 50 millones de personas en los próximos 50 años. Se necesitarán nuevos trabajadores capacitados y con experiencia para mantener a una población envejecida. “La gente joven está siendo marginada, y eso conlleva enormes consecuencias económicas”, dijo Francis Robert, un experto en empleo en Bruselas.

En Italia, uno de los países más afectados por la crisis, el sector empresario ha advertido a través de una carta pública a los comisarios económicos de la UE que sin mayor trabajo para los jóvenes crecerá la rebelión popular. Y es que allí casi el 40% de los jóvenes entre 19 y 25 años no tiene trabajo. Y quien lo consigue tampoco está en una situación ejemplar: la paga media en Italia a las personas de este rango de edad no supera los 1.100 euros, 31% menos que la de un trabajador adulto.

Estados Unidos también siente el impacto de un problema que se globaliza. “En este país se espera que cada generación le vaya mejor que a la anterior. Ya no es así”, concluyó la investigadora Caroline Ratcliffe. Su análisis es a la luz de un informe que revela que los jóvenes norteamericanos están creando menos riqueza que sus padres.

La investigación, encargada por el Urban Institute, una institución de análisis sin fines de lucro de Washington, muestra cómo una suerte de tormenta perfecta de tendencias económicas golpea a los trabajadores jóvenes. Una es el derrumbe de la burbuja inmobiliaria; otra es el incremento de la deuda por préstamos de estudio, que ha seguido creciendo durante la recesión; y por último, los trabajadores jóvenes enfrentan un mercado laboral brutal desde hace cinco años, en donde casi el 8% de las personas de entre 25 y 34 años no tiene trabajo, un 3% más que el promedio.

“Un amplio espectro de factores económicos conspira para impedir la generación de riqueza de los trabajadores más jóvenes del país, que se encuentran ante sueldos estancados, además de enfrentar un derrumbe inmobiliario y una creciente deuda por créditos de estudio”, analiza Annie Lowrey en el New York Times. Pearl Brady, por ejemplo, gana unos 1.800 dólares por mes, pero paga parte de sus estudios de grado y posgrado con créditos que hasta ahora le cuestan alrededor de 400 dólares mensuales (el 22% de su paga). Esto lleva a que muchos jóvenes como ella, en Estados Unidos y en muchas partes del mundo, tengan que vivir en la casa de sus padres, ya que lo que ganan no alcanza para costear la emancipación.

La precarización laboral es otro flagelo que atenta contra la inserción de los jóvenes al mercado laboral. “Los que tienen veintitantos años están aprendiendo que largas jornadas y bajos sueldos caracterizan el inicio de una carrera en los campos creativos. La recesión en los Estados Unidos hace difícil conseguir un primer empleo, donde centenares de aspirantes compiten por pasantías no rentadas en las que se espera que estén a disposición, teléfono inteligente en mano, para twitear y representar a la compañía a todas horas”, comenta Teddy Wayne en el New York Times.

Según un informe de Pew, el promedio del patrimonio neto de menores de 35 años retrocedió el 68% entre 1984 y 2009, llegando a los 3.662 dólares. Esto contrasta con el aumento del 42% en el mismo periodo que registró el patrimonio de los mayores de 65 años.

Uno de los factores críticos en esta situación, según Wayne, es la prolongación de condiciones de trabajo que fueron concebidas en sus inicios como transitorias, pero que ya no lo son. “Las pasantías fueron alguna vez un compromiso a corto plazo, pero se han convertido en un rito de iniciación que suele prolongarse años”, concluye Teddy Wayne.

¿Hay lugar para el joven en el mundo laboral actual? ¿Es sólo un problema de coyuntura macroeconómica o el mundo adulto no está listo aún para dejar ingresar al mercado a las nuevas generaciones? ¿Condicionará esta situación el tan comentado impulso creativo juvenil? Preguntas a las que brevemente habrá que encontrar respuestas, o al menos confrontar con propuestas reales.

Con internet, es hora de replantear el horario de oficina

Internet ha cambiado muchas cosas, pero no todas. Algunas prácticas culturales, sociales y un largo etcétera se han acomodado a los tiempos digitales; otras simplemente permanecen estancas, impermeables a los cambios. Las extensas jornadas laborales que cientos de miles de trabajadores desarrollan en las oficinas ya no garantizan productividad. Y si bien internet y el teletrabajo podrían aportar una gran solución a este problema, la mayoría de las compañías miran hacia otro lado. Se aferran a las tecnologías, pero no tanto. No se atreven a dar el salto. En palabras de Gramsci (1996): se podría decir que son tiempos con preeminencias tecnológicas, donde lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer (Lardone, 2013).

Hace unos 2.500 años, el sabio chino Lao Tse escribió que “aquel que se aferra al trabajo no creará nada perdurable. Si quieres vivir según el Tao, limítate a hacer tu trabajo y después olvídate”. Pero es más fácil decirlo que hacerlo. En la antigua China no había internet ni actualizaciones instantáneas del mercado bursátil, dice Peter Catapano en un artículo de opinión publicado este año en el New York Times.

Recientes descubrimientos indican que la forma más eficiente de hacer las cosas podría ser dedicar más tiempo a hacer menos. “Un nuevo y creciente cuerpo de investigación multidisciplinaria indica que la renovación estratégica -que comprende ejercicio diurno, breves siestas por la tarde, más horas de sueño, más tiempo fuera de la oficina y vacaciones más largas y frecuentes- mejora la productividad, el desempeño laboral y, por supuesto, la salud, escribió en el NYTimes Tony Schwartz, un consultor de manejo del tiempo.

Los imperios se construyeron sobre la base de “más es más”. Schwartz y muchos otros -describe Catapano- no están de acuerdo con esto. Destaca que el exceso de trabajo, que suele derivar en muy poco sueño, no sólo afecta a los empleados sino también a las empresas en las que trabajan. Un reciente estudio de la Universidad de Harvard calculó que la falta de sueño de los empleados costaba a las empresas estadounidenses 63.200 millones de dólares por año en productividad perdida.

Otro trabajo determinó que las siestas aumentaban la productividad. En tanto una investigación de la Universidad del Estado de la Florida, encontró que quienes tenían un mejor desempeño -músicos, atletas y actores de elite- tendían a trabajar mejor en intervalos de noventa minutos, rara vez más de tres veces por día, con pausas regulares. En esta sintonía, la jornada laboral de doce horas ininterrumpidas no aparece como una opción razonable.

Estos resultados hablan a las claras de la necesidad de replantear los horarios laborales teniendo a disposición tantos aplicativos y tecnologías que permiten realizar lo mismo (y hasta mejor) sin necesidad de encerrarnos ocho, diez y hasta doce horas en un cuadrilatero de vidrio, cables, papeles, personas y pantallas. Internet como herramienta de teletrabajo no es un tema que haya modificado sustantivamente la vida corporativa, al menos en su dinámica interna.

Muchas compañías dicen estar a la vanguardia en materia de recursos humanos, otras ostentan los mejores espacios para trabajar, pero casi ninguna se atreve al gran salto que significa descentralizar y redefinir el trabajo presencial. La contradicción más grande es que compañías del mercado digital estén alimentando esta tendencia, tal el caso de Yahoo! Su flamante CEO de 37 años, Marissa Mayer, decidió eliminar el teletrabajo porque para ella es mejor trabajar cara a cara. “No creo que el agotamiento ocurra por la falta de sueño o por no hacer suficientes comidas adecuadas. Creo que el agotamiento proviene del resentimiento (?!). Es posible que trabajes demasiado, pero tiene que descubrir qué es lo que necesitas realmente para mantenerte activo, con energía, para no volverte resentido”, explicó.

“La libertad de trabajar fuera de una oficina fue una de las razones principales por las que dejé el mundo corporativo, hace ocho años (…) La idea de que todos los empleados deben permanecer sentados en el mismo lugar ocho horas al día, cinco días a la semana, me parecía ineficiente. Sabía que alcanzaba mi nivel máximo de productividad en ciertos momentos”, dijo Prerna Gupta al NYTimes.

La idea de que todo empleado debe estar en una oficina cinco días por semana se remonta a una época en la que los trabajadores no contaban con las herramientas adecuadas para trabajar desde su casa. Pero hoy en día, vivimos en un mundo muy diferente. Gupta está convencida de que en el mundo actual, en el que estamos constantemente conectados, la oficina debe ser reconcebida como un lugar de reunión para comunicar ideas y reforzar los vínculos personales.

En su empresa (Kush – comprada luego por Smule) los empleados van a la oficina tres días a la semana, durante cinco horas al día, más o menos a partir del mediodía. Todo el resto del trabajo lo hacen desde su casa, un café, una plaza, o cualquier otro sitio donde exista una conexión a internet.

Y añade: “a los empleados se les debe dar el respeto y la responsabilidad de administrar sus propios horarios y completar su trabajo en su propio tiempo (…) Las personas inteligentes siguen teniendo un mejor desempeño cuando pueden escoger cuándo y dónde trabajan (…) Las compañías deben desarrollar estrategias para eliminar los obstáculos restantes para trabajar desde casa”.

 

 

El nuevo club de los mil millones, con algunas lecciones aprendidas

La cantidad de emprendimientos privados de Silicon valley que valen más de mil millones de dólares sorprende hasta los propios ejecutivos que los dirigen. “Pensaba que eramos especiales”, dice Phil Libin, CEO de Evernote, un servicio online para el almacenamiento de recortes, fotos e información. En realidad se trata de un club cada vez menos exclusivo, aunque más consciente que años atrás de lo endeble y efímero que puede resultar el éxito en el mundo de internet.

Airbnb, Pinterest, Survey-Monkey y Spotify se cuentan entre las compañías que no cotizan en bolsa más conocidas que han llegado a los 1.000 millones de dólares, relata Quentin Hardy en un artículo publicado en febrero de este año en el New York Times.

Muchas más, con nombres menos familiares, también se alistan un lugar en el club de los mil millones, hasta hace un tiempo reservado para grandes compañías. “Dentro de un año podrían ser cien”, dijo al NYT Jim Goetz, ligado a una firma de capital de riesgo. Es parte de lo que llama “un cambio permanente” de la forma en que la gente hace crecer sus empresas.

El primer día que Microsoft vendió acciones al público en 1986 tenía once años de creada y valía “apenas” 778 millones de dólares (ajustada por inflación, la suma sería de 1.600 millones). Para los nuevos jugadores del mercado, principalmente ligados a las redes sociales, el camino parece ser más corto. En enero, el valor de Twitter, que inició sus actividades en 2006, llegó a los 9.000 millones de dólares. Más rauda fue la cosecha de Pinterest, una red social de recortes que no tiene ingresos, que pasó a valer 1.500 millones de dólares en menos de tres años.

Los emprendedores de Sillicon valley sostienen que la espiral de precios no puede atribuirse a una nueva burbuja tecnológica, pero el temor de una réplica es inevitable. Los precios altos son razonables, dice el informe del editor de tecnología del NYT, Quentin Hardy, ya que innovaciones como los smartphones y la computación de nube están reorganizando un sector que ya vale centenares de miles de millones de dólares.

El valor en alza de estas empresas se debe en parte a que entre ellas existe un vínculo sinérgico que hace que una participe en la generación de ingresos de la otra, es decir se retroalimentan. Por cada Dropbox, que ofrece almacenamiento de datos online y cotiza unos 4.000 millones en el mercado, hay dos compañías discretas como Zscaler (proveedora de seguridad) y Palantir (análisis de datos).

Los CEOs de las actuales integrantes del Club de los mil millones tienen entre manos algunas lecciones aprendidas y saben lo incierto y efímero que puede resultar este espiral de dinero. Es que muchos de ellos son veteranos de la burbuja de internet de fines de los años 90 y temen que tal vez las cosas no sean tan diferentes esta vez.

Una muestra de esa cautela es la que muestra Robert Tinker, CEO de Mobileiron, que produce software para compañías que manejan teléfonos inteligentes y tablets. El ejecutivo tiene 43 años y maneja una Ford Explorer de 1995 con 426.000 kilómetros encima. “La realidad es que obtenido 94 millones de dólares de inversores y aún no hemos empezado a cotizar en bolsa. Siento esa responsabilidad todos los días”, dijo al NYT.

Crece el temor a que el club de los más de mil millones de dólares se esté llenando de compañías parecidas, opina Quentin Hardy. En realidad lo que preocupa es que las valuaciones – que se convierten en ganancia sólo si la compañía cotiza en bolsa con éxito o se vende a un precio alto – puedan caer.

Phil Libin se hizo millonario al vender su primera compañía (Engine 5) en el año 2000. “Empecé con relojes”, dijo al NYT. Su actual compañía Evernote comenzó al estallar la crisis financiera actual. “Una noche me encontré casi en la quiebra otra vez”, contó, “y ahí estaba el equipo de relojería burlándose de mí en un estante”.